La Luz al Final del Diagnóstico: Entrevista con Carolina Fernández sobre ser mujer Neurodivergente
- Lucía Hernández

- 3 jul 2025
- 19 Min. de lectura
Actualizado: 16 jul 2025
Hay momentos en la vida que actúan como un interruptor. Para mí, uno de esos momentos fue el proceso de mi propia evaluación de perfil cognitivo. Fue un viaje que no solo me entregó respuestas, sino que me devolvió a mí misma, permitiéndome reinterpretar mi historia bajo una nueva luz: la de la neurodivergencia y la doble excepcionalidad.
Ese camino, a la vez abrumador y liberador, fue la semilla de este espacio, Luz Divergente. Y no se me ocurría una mejor manera de inaugurar esta comunidad que conversando con la persona que me guio en ese proceso con tanta sabiduría y calidez: la Lic. Carolina Fernández Díaz.
Caro no es solo una psicóloga experta en CEA y doble excepcionalidad con una mirada feminista y neuroafirmativa; es una de esas profesionales que te hacen sentir vista y validada, quizás por primera vez.
La entrevista que estás a punto de leer es la conversación que yo misma hubiera necesitado tener hace años. Es una puerta abierta a desmitificar, a comprender y, sobre todo, a encontrar el permiso para ser quienes somos, con todas nuestras luces y complejidades. Espero que sus palabras te sirvan de faro, como a mí me lo han servido.
Sobre nuestra invitada

La Lic. Carolina Fernández Díaz es psicóloga neurodivergente con un enfoque neuroafirmativo y feminista. Se especializa en Espectro Autista (CEA), doble excepcionalidad, neuropsicología y trauma.
La puedes encontrar en los siguientes links:
Entrevista
Bloque 1: Conociéndote y Sentando Bases
Carolina, aunque ya tuve el privilegio de conocer parte de tu inspiradora historia durante mi propio proceso contigo, me encantaría que compartieras con la comunidad de luzdivergente.com: ¿Qué te impulsó a especializarte tan profundamente en el campo de las neurodivergencias, el CEA femenino y la doble excepcionalidad? ¿Cómo sientes que tu propia identidad como psicóloga neurodivergente ha moldeado tu enfoque profesional y tu compromiso con una práctica neuroafirmativa?
Primero para mi es un honor hacer esto, contar, tener este espacio y quisiera agradecer profundamente. No fue un camino sencillo, sino uno marcado por dudas, mucho esfuerzo y una fe intermitente en mí misma. Pero también llegué gracias a quienes me consultaron, porque fueron ellxs quienes, con sus historias, me mostraron que algo distinto era posible.
Siempre me sentí distinta a lxs demás. No sabía muy bien cómo explicarlo, pero había algo que no encajaba, como si habitara otro idioma, rara. Me pasaba ademas, en la escuela y más tarde en la universidad, las materias fácticas—matemática, química, física—me acompañaron, casi siempre, hasta diciembre. Recursé estadística cuatro veces. Y el día que la aprobé, sentí, por fin, que era psicóloga.
Pasó el tiempo, ya recibida, en una jornada alguien nombró una palabra que me atravesó: procrastinación. Era como escuchar mi segundo nombre. Así empecé a prestar atención, y llegó otra palabra: TDAH. Cuando recibí conoí mi condición, fue algo muy difícil de explicar, pero sentí una certeza inesperada: pertenezco. No estoy sola. Hay otras como yo. Durante algun tiempo me costo decirlo, sentia verguenza, hoy ya llevo un cartel luminoso:
Soy neurodivergente. Tengo diagnóstico de TDAH, “altas capacidades” y discalculia: un combo bello y completo. No es un intento de romantizar, no siempre es fácil, a veces cuesta “habitarme”.
Me hubiese gustado saberlo antes. Me hubiese aliviado que alguna de las tres psicólogas a las que consulté por mis dificultades académicas, en lugar de indagar en mi historia familiar, me hubiera dicho: “¿Escuchaste hablar de discalculia?”. Algo tan simple como una pregunta. Ese día supe que eso, a mí, no me iba a pasar. Que no iba a sentarse alguien frente a mí sin que yo pudiera ofrecer una mirada posible.
Durante años intenté ser neurotípica. Hice fuerza por encajar, por corregirme, por disimular. Hoy, con gratitud, puedo decir que ese intento falló. Y qué suerte que falló. Porque ahora puedo ser yo, entera y sin fragmentos, en todas mis formas.
Ser psicóloga y ser neurodivergente no son aspectos separados en mi vida, son inseparables. Mi mirada profesional está atravesada por mi vivencia. Trabajo desde una ética del acompañamiento, no desde el diagnóstico como sentencia sino como posibilidad de comprensión, como llave de pertenencia, COMO RESPUESTA. Mi compromiso con una práctica neuroafirmativa no es una postura técnica: es una elección vital, política y amorosa.
Para nuestra comunidad, que está ansiosa por aprender, ¿podrías explicarnos brevemente qué es la neurodiversidad desde tu perspectiva?
Centrándonos en la Condición del Espectro Autista (CEA), ¿cómo la describirías, especialmente en su presentación en mujeres, para ir más allá de los estereotipos comunes? (Si tienes alguna recomendación de lectura introductoria, ¡será bienvenida!).
Desde mi perspectiva, la neurodiversidad no es solo una característica individual, sino una realidad colectiva: describe la variabilidad natural de los cerebros humanos en términos de atención, percepción, lenguaje, movimiento, emoción y cognición. Es un marco que no parte de la idea de "déficit" o "trastorno", sino de diferencia, reconociendo que ciertos modos de ser —como el autismo, el TDAH, la dislexia, entre otros— no son fallas en el desarrollo, sino expresiones legítimas de la diversidad humana.
Este enfoque no niega el sufrimiento ni las barreras reales que enfrentamos quienes somos neurodivergentes. Más bien, invita a distinguir entre la diferencia neurológica y la opresión contextual: muchas veces lo más doloroso no es cómo funciona nuestro cerebro, sino cómo se espera que funcione para encajar en entornos que no fueron diseñados para nosotres.
En cuanto a la Condición del Espectro Autista (CEA), especialmente en mujeres, identidades feminizadas y no binarias, es fundamental destacar que muchas formas de autismo permanecen invisibilizadas por los criterios diagnósticos tradicionales, que se han construido históricamente en base a observaciones de varones cis en contextos clínicos. Esto ha dejado fuera del radar clínico a quienes presentan formas de expresión más internalizadas, sensibles, o adaptativas.
Muchas mujeres autistas han desarrollado lo que se conoce como camuflaje social: estrategias para “encajar”, no quedarnos fuera o no sentirnos fuera, aprendimos a imitar conductas neurotípicas, lo que a menudo lleva a un diagnóstico tardío o erróneo (como ansiedad, depresión o trastornos de la personalidad). Este camuflaje puede ser útil en términos de adaptación, pero también implica un alto costo: agotamiento, pérdida del sentido de sí misma y riesgo de burnout autista.
El autismo en mujeres puede expresarse con una sensibilidad profunda a los estímulos sensoriales, un pensamiento en red o en espiral, intereses intensos y específicos (aunque socialmente aceptados), dificultades para sostener relaciones sociales superficiales, y una fuerte vida interna. No es menos autismo —es otra forma de ser autista.
Una lectura introductoria muy recomendada es el libro “Mujeres y autismo” de María Merino (2022, Ed. Next Door), que ofrece un abordaje claro, accesible y profundamente respetuoso de la experiencia autista desde una perspectiva vivida, neuroafirmativa y con enfoque de género.
Bloque 2: Profundizando en las Vivencias del CEA Femenino y la Doble Excepcionalidad
Desde tu experiencia clínica y tu trabajo en investigación, ¿de qué manera los sesgos en el ámbito médico y psicológico impactan el diagnóstico y el acompañamiento de mujeres y niñas dentro del espectro autista? ¿Qué prevalencia observas de diagnósticos tardíos en mujeres adultas y qué consecuencias puede acarrear esto, quizás incluso en términos de trauma o validación de experiencias de violencia de género?
Los sesgos en el ámbito médico y psicológico siguen siendo una de las principales barreras para la detección y el acompañamiento adecuados de mujeres y niñas dentro del espectro autista. En mi experiencia clínica y en el cruce con investigaciones recientes, estos sesgos no son fallas anecdóticas: son efectos estructurales de modelos diagnósticos androcéntricos y patologizantes, que han tomado como norma el desarrollo y la expresión emocional típicas de varones, invisibilizando otras formas de ser y habitar el mundo.
Muchos instrumentos diagnósticos actuales no capturan los modos internalizados de expresar el malestar o la diferencia, más comunes en mujeres autistas o en personas feminizadas, que suelen tener una alta capacidad de observación, camuflaje o adaptación superficial. Esto ha generado una prevalencia significativa de diagnósticos tardíos en mujeres adultas, que llegan a la consulta con un largo historial de malestar inexplicado, múltiples diagnósticos previos (como trastornos del estado de ánimo, trastornos de la personalidad o ansiedad social, TCA, etc.), y un profundo sentimiento de inadecuación.
En los casos de doble excepcionalidad (personas autistas con altas habilidades cognitivas), esta invisibilización se intensifica. Las capacidades intelectuales pueden actuar como una máscara funcional que encubre la sobrecarga sensorial, la rigidez, la dificultad en la flexibilidad social o la disociación frente a entornos hostiles. Esto genera una paradoja clínica: cuanto más competente se ve a la persona desde afuera, más tarde se reconoce su condición.
Los efectos de este diagnóstico tardío pueden ser devastadores, especialmente cuando intersectan con experiencias de violencia de género. Muchas mujeres autistas no diagnosticadas han atravesado situaciones de abuso, medicalización excesiva o invalidación sistemática, sin contar con una comprensión adecuada de sus modos de procesamiento, percepción o expresión. Esto no solo aumenta el riesgo de trauma complejo, sino que también impide construir una narrativa identitaria coherente y autovalidante, necesaria para el cuidado y la autonomía.
Acompañar estos procesos requiere una práctica clínica que desarme los prejuicios de “lo que se espera ver”, que escuche más allá del rendimiento, que confíe en la experiencia encarnada, y que incorpore una perspectiva interseccional, sensible al género, la neurodivergencia y la violencia estructural.
La sensorialidad es un aspecto fundamental. ¿Podrías describir cómo se manifiesta de forma particular en el CEA femenino y qué implicaciones tiene en la vida diaria y en el bienestar?
La sensorialidad, en el contexto del CEA, no es un aspecto accesorio ni periférico, sino un eje central en la experiencia subjetiva. En mujeres dentro del espectro autista —así como en personas no binarias o feminizadas— la vivencia sensorial suele estar modulada por un alto grado de sensibilidad, tanto en su forma hiper como hiporreactiva, aunque a menudo esta dimensión es ignorada o malinterpretada clínicamente.
Una característica distintiva en muchas mujeres autistas es que esta sensibilidad no siempre se expresa de manera evidente o disruptiva, como suele esperarse desde una mirada externalizante. En cambio, muchas veces se manifiesta en forma de agotamiento físico súbito, migrañas recurrentes, dificultades para sostener contacto visual o físico, reacciones intensas a sonidos de baja frecuencia o luces artificiales, y una necesidad constante de controlar el entorno para reducir la sobrecarga.
Por ejemplo, una simple salida social puede implicar una compleja gestión sensorial interna: elegir la ropa menos irritante, anticipar la densidad sonora del lugar, soportar olores intensos, mantener atención compartida mientras el entorno visual abruma, etc. Muchas veces, este esfuerzo pasa desapercibido, y cuando se expresa en forma de “retirada”, “distancia”, “cansancio” o incluso shutdowns, puede ser leído erróneamente como desinterés, rechazo o inestabilidad emocional.
Estas experiencias sensoriales afectan directamente el bienestar psicoemocional, la capacidad de agencia y la autorregulación. En mujeres autistas, especialmente aquellas no diagnosticadas, es común que esta sobrecarga sensorial crónica se confunda con ansiedad generalizada, fibromialgia, fatiga crónica o depresión atípica, patologizando respuestas adaptativas a un entorno percibido como hostil o invasivo.
Además, la sensorialidad no se limita a lo físico: también incluye una forma particular de sentir el mundo emocional, donde la interocepción puede estar alterada, dificultando la identificación de estados internos, o donde se da una profunda resonancia con el malestar ajeno, a veces confundida con “hiperempatía”.
Reconocer y legitimar estas formas de vivenciar lo sensorial no solo es una clave clínica, sino también política: implica abrir espacio a otras formas de habitar el cuerpo, el entorno y los vínculos, sin forzar su modulación hacia la normatividad neurotípica.
El enmascaramiento es un concepto que a muchas nos resuena profundamente. Desde tu perspectiva, que incluye la comprensión del trauma, ¿podrías explicar qué significa "enmascarar" en el contexto del CEA femenino y la doble excepcionalidad? ¿Qué formas comunes adopta, especialmente considerando las expectativas sociales hacia las mujeres, y qué costo emocional puede tener?
El enmascaramiento, o masking, en el contexto del CEA femenino y la doble excepcionalidad, es una estrategia de supervivencia psicosocial que implica ocultar, disimular o compensar aspectos del funcionamiento autista con el fin de adaptarse a normas sociales neurotípicas. No es un simple “acto voluntario”, sino una práctica sostenida y, muchas veces, automatizada, que se aprende desde muy temprano como forma de evitar el rechazo, la exclusión o el castigo emocional y relacional.
En mujeres autistas —así como en identidades feminizadas— este fenómeno adquiere características particulares debido a las exigencias sociales que recaen sobre el género, como la necesidad de ser empáticas, agradables, emocionalmente disponibles y socialmente competentes. En ese contexto, muchas aprenden a imitar expresiones, guiones conversacionales, tonos de voz y comportamientos sociales esperados, incluso cuando esos intercambios resultan incomprensibles, agotadores o dolorosos.
En personas con doble excepcionalidad, el enmascaramiento puede tomar formas aún más sofisticadas: desempeño académico sobresaliente, hiperadaptación laboral, modulación emocional extrema o una aparente “madurez precoz”. Estas capacidades cognitivas pueden actuar como una capa protectora, camuflando el esfuerzo que implica sostener la interacción social, filtrar estímulos sensoriales o regular los estados internos. Desde fuera, la persona puede parecer “altamente funcional”; desde dentro, puede estar completamente desbordada.
Los costos de este enmascaramiento son profundos. Muchas mujeres adultas autistas relatan una desconexión crónica de sí mismas, fatiga emocional extrema, estados de burnout, alexitimia secundaria y dificultad para identificar qué les gusta o quiénes son fuera del rol social que han aprendido a representar. Este esfuerzo constante por encajar también puede generar ansiedad, depresión, trastornos alimentarios o disociación, y en muchos casos se vincula con experiencias previas de trauma relacional, bullying o violencia de género.
Desde una perspectiva clínica sensible al trauma, el masking puede ser comprendido como una forma de fawning, es decir, un modo de respuesta adaptativa ante la amenaza social o emocional: la necesidad de agradar, de encajar, de no ser una carga, en lugar de expresar espontáneamente quién se es o qué se necesita.
Reconocer el masking no implica necesariamente dejar de hacerlo, sino comprenderlo, nombrarlo y generar espacios donde no sea necesario para existir, donde el cuerpo y la identidad no tengan que ajustarse todo el tiempo. Y eso, en sí mismo, es parte de un proceso terapéutico reparador, colectivo y afirmativo.
Existen muchos mitos persistentes sobre el CEA, como la supuesta falta de empatía. ¿Qué nos puedes decir al respecto desde tu conocimiento y experiencia? ¿Hay otros mitos frecuentes que te gustaría aclarar, quizás relacionados con la capacidad de liderazgo o la vida profesional?
Uno de los mitos más persistentes y dañinos sobre el CEA es la idea de que las personas autistas carecen de empatía. Este malentendido surge de una lectura limitada de la teoría de la mente y de estudios que no consideraron las particularidades sensoriales, cognitivas y afectivas del autismo. Desde mi experiencia clínica y desde el diálogo con la comunidad autista, puedo afirmar que no es que falte empatía, sino que se expresa de formas diferentes.
Muchas personas autistas experimentan lo que podríamos llamar una hiperempatía emocional: sienten profundamente el sufrimiento ajeno, pero pueden tener dificultades para identificarlo si no se expresa explícitamente, o para modular su respuesta emocional. Esto puede provocar lo que clínicamente se describe como distres empático, que lleva a la desconexión o el shutdown, y es erróneamente interpretado como frialdad o desinterés.
Además, la empatía no es un rasgo unívoco: hay empatía cognitiva (comprender mentalmente lo que otra persona siente) y empatía afectiva (sentir con el otro/a). Muchas personas autistas tienen una empatía afectiva muy intensa, pero encuentran desafíos en las convenciones sociales que se esperan para “demostrarla”, como el contacto visual, las respuestas verbales rápidas o los gestos emocionales codificados.
Otro mito extendido es que las personas autistas no pueden liderar, trabajar en equipo o sostener empleos exigentes, especialmente si presentan rasgos de rigidez o dificultades sociales. Esto es falso y está profundamente atravesado por estigmas capacitistas. En realidad, muchas personas autistas —incluyendo mujeres con doble excepcionalidad— tienen una gran capacidad de liderazgo, creatividad, pensamiento estratégico, ética profesional rigurosa y compromiso con el detalle, siempre que puedan desarrollarse en entornos que respeten su forma de procesar y relacionarse con el mundo.
El problema no suele ser la falta de capacidades, sino la rigidez de los entornos laborales y sociales, que imponen normas neurotípicas como único estándar. Cuando se generan contextos flexibles, con apoyos adecuados, tiempos previsibles, claridad en las tareas y respeto por las diferencias sensoriales y comunicacionales, las personas autistas pueden no solo participar, sino también transformar positivamente los espacios en los que están.
También merece ser desmentido el mito de que el CEA es incompatible con el deseo de vínculos afectivos, pareja, amistad o sexualidad. Las formas de vincularse pueden ser diferentes, más honestas, más directas o menos ritualizadas, pero el deseo de conexión está presente en muchas personas autistas, incluso cuando la reciprocidad emocional se expresa en formas poco convencionales.
En síntesis, los mitos sobre el autismo no son solo ideas equivocadas: son narrativas que restringen derechos, limitan oportunidades y dañan la autoestima. Desarmarlas no es solo un acto clínico o académico, sino también una práctica de justicia social.
La interocepción juega un rol crucial. ¿Cómo se relaciona con el CEA femenino? ¿De qué manera un mayor autoconocimiento, quizás apoyado por prácticas como el mindfulness o el yoga sensible al trauma en las que te has formado, pueden ayudar a mejorar esta conexión y a gestionar aspectos como el meltdown o shutdown?
La interocepción —la capacidad de percibir las señales internas del cuerpo, como el ritmo cardíaco, la respiración, el hambre o la tensión muscular— cumple un rol clave en la autorregulación emocional, la conciencia corporal y la toma de decisiones. En mujeres dentro del Espectro Autista, esta dimensión puede estar alterada o modulada de forma atípica, lo que puede contribuir a dificultades para identificar emociones, distinguir entre sensaciones físicas y estados afectivos, o anticipar el colapso sensorial o emocional.
Muchas mujeres autistas relatan haber aprendido a desconectarse de su cuerpo como mecanismo de supervivencia, especialmente cuando han atravesado situaciones de sobrecarga crónica, medicalización o violencia simbólica. Esta desconexión puede hacer que no perciban señales de hambre, dolor, fatiga o ansiedad hasta que el cuerpo “colapsa” en forma de shutdown, meltdown o disociación funcional.
Aquí es donde el autoconocimiento interoceptivo, trabajado con enfoques sensibles al trauma, se vuelve una herramienta poderosa. Prácticas como el mindfulness adaptado, el yoga restaurativo o el yoga sensible al trauma —siempre en condiciones seguras y adaptadas a la neurodivergencia— pueden ser vías para recuperar la conexión cuerpo-mente sin forzar la exposición o el contacto con sensaciones abrumadoras.
No se trata de “enseñar a sentir”, sino de ofrecer marcos de exploración donde el cuerpo no sea un enemigo ni un enigma, sino una fuente legítima de información. Por ejemplo:
Mindfulness sin focalización obligatoria en el cuerpo, utilizando anclajes visuales, auditivos o táctiles suaves, puede ayudar a tolerar la presencia sin entrar en alerta.El yoga sensible al trauma no impone posturas, sino que ofrece opciones, pone énfasis en la elección y en la agencia personal, lo que es crucial en personas con historia de trauma o hipersensibilidad.El uso de escalas visuales o narrativas corporales puede favorecer la identificación de estados intermedios antes del colapso, facilitando acciones preventivas y no solo reactivas.
Estas prácticas no reemplazan un abordaje terapéutico, pero pueden ser complementarias en la construcción de una autorregulación más orgánica, no centrada en el control sino en la comprensión. Cuando una mujer autista empieza a reconocer sus propios ciclos de energía, tensión o estimulación, puede empezar a diseñar formas más sostenibles de transitar el día a día, de anticipar situaciones límite y de comunicar sus necesidades sin culpa.
Por eso, trabajar la interocepción en el CEA femenino no es solo una cuestión clínica, sino también de revalorizar la relación con el cuerpo como territorio legítimo de conocimiento y cuidado. Y ese proceso, aunque lento y no lineal, puede ser profundamente liberador.
Hablemos de la doble excepcionalidad. ¿Cómo se manifiesta la coexistencia de altas capacidades con CEA en mujeres? ¿Cuáles son los mitos más comunes sobre las altas capacidades que pueden dificultar la identificación de la 2e y el acceso a apoyos adecuados?
Antes de entrar en profundidad, es importante aclarar que desde una perspectiva neuroafirmativa y contextualizada, no hablamos ya de "altas capacidades" como categoría cerrada o idealizada, sino de formas específicas de procesamiento cognitivo que pueden manifestarse con un alto rendimiento en ciertos dominios, sin que eso implique necesariamente bienestar, privilegio o funcionalidad global. Por eso, hablamos de doble excepcionalidad (2e), para referirnos a personas que presentan tanto una condición neurodivergente (como el CEA) como un perfil cognitivo elevado o atípico en determinadas áreas.
En mujeres con CEA, la coexistencia con 2e suele estar profundamente invisibilizada. Estas personas pueden destacar en tareas intelectuales, creativas o analíticas, tener un lenguaje avanzado desde la infancia, o mostrar un pensamiento divergente, con gran capacidad de abstracción, memoria o hiperfocalización. Pero al mismo tiempo, enfrentan dificultades significativas en la autorregulación emocional, la flexibilidad social, el procesamiento sensorial o la gestión de la energía.
Esta combinación puede generar una percepción ambigua tanto en el entorno como en el sistema educativo o clínico: se las ve como “capaces”, “brillantes” o “exigentes”, y por eso sus necesidades de apoyo no son tomadas en serio. Muchas veces, el malestar o la disfuncionalidad quedan invalidados bajo frases como “pero si es tan inteligente”, “debe ser solo ansiedad”, o “no tiene problemas reales, solo es que no se esfuerza”.
Entre los mitos más frecuentes que dificultan la identificación de la doble excepcionalidad están:
Creer que una persona con “altas capacidades” no puede tener una condición del neurodesarrollo como el CEA.
Asumir que la inteligencia es un factor protector automático, cuando en realidad puede compensar externamente y enmascarar aspectos que necesitan acompañamiento.
Pensar que el CEA en personas con alto rendimiento cognitivo se ve igual que en quienes tienen un perfil más homogéneo, cuando en realidad puede presentarse de forma más internalizada, con estrategias de camuflaje mucho más sutiles y sostenidas.
Relacionar el rendimiento académico con bienestar emocional, ignorando que el esfuerzo adaptativo sostenido puede generar agotamiento extremo, burnout, disociación o crisis identitarias.
Además, muchas niñas y mujeres 2e aprenden a ocultar su malestar para no decepcionar, para cumplir con expectativas externas, o simplemente porque no tienen un lenguaje con el cual nombrar lo que les pasa. En lugar de pedir ayuda, se sobreexigen, se hiperadaptan o se retraen.
El enfoque clínico y educativo debe, por lo tanto, romper con la idea del talento como privilegio y abrir paso a una mirada interseccional, que reconozca que la coexistencia de condiciones diversas requiere apoyos flexibles, no por déficit, sino para garantizar condiciones de desarrollo dignas.
Bloque 3: El Camino hacia el Autoconocimiento y el Bienestar
Para mí, el diagnóstico que realizamos juntas fue un antes y un después, una verdadera respuesta. Pensando en la comunidad, ¿cuál es la importancia de recibir un diagnóstico certero de CEA y/o doble excepcionalidad, incluso en la edad adulta? ¿Cómo puede este influir en la comprensión de una misma, en la sanación de posibles experiencias pasadas y en la búsqueda de apoyo adecuado?
Recibir un diagnóstico certero de CEA y/o doble excepcionalidad en la adultez puede ser profundamente transformador. No porque “etiquete” algo, sino porque pone nombre a una forma de estar en el mundo que muchas veces fue vivida desde la soledad, la confusión o el esfuerzo sin tregua. Para muchas mujeres, ese diagnóstico no inaugura una diferencia: la legitima, la vuelve visible, le da lugar en un marco comprensivo y afirmativo.
En contextos donde el masking, la hiperadaptación o el camuflaje fueron sostenidos durante años, el diagnóstico no llega como una revelación externa, sino como una confirmación interna de lo que siempre se intuyó, pero nunca se pudo nombrar sin culpa. Es común que aparezcan frases como “ahora todo tiene sentido”, “no estaba rota, era otra cosa”, o “me habría tratado con más ternura si lo hubiera sabido antes”.
En este sentido, el diagnóstico puede tener una función reparadora: permite reinterpretar experiencias pasadas —como el bullying, la fatiga crónica, las crisis inexplicables o las dificultades vinculares— no como fallas personales, sino como consecuencias de haber vivido sin los apoyos adecuados, en entornos que no contemplaban la diferencia.
También abre la puerta a nuevos caminos de cuidado. Cuando una persona comprende su funcionamiento sensorial, atencional, comunicacional o emocional desde una clave neuroafirmativa, puede empezar a diseñar entornos más sostenibles, establecer límites sin culpa y dejar de exigir(se) funcionar como las demás.
En personas con doble excepcionalidad, el diagnóstico también ayuda a romper con la trampa de la exigencia constante. Les permite reconocer que ser capaz en algunas áreas no implica no necesitar apoyo en otras, y que el bienestar no se mide solo en rendimiento, sino en la posibilidad de habitarse con menos fricción.
Finalmente, no hay que romantizar el diagnóstico: no siempre viene sin duelo, sin preguntas o sin rabia por el tiempo perdido. Pero es un punto de partida para el autoconocimiento, la narración propia y, sobre todo, para reclamar el derecho a una vida vivible desde lo que se es, no desde lo que se espera ser.
Dada tu amplia formación en diversas corrientes terapéuticas (EMDR, DBT, ACT, FAP, etc.), ¿qué características y enfoques consideras esenciales en un acompañamiento terapéutico para mujeres con CEA y/o doble excepcionalidad? ¿Por qué es crucial que los profesionales no solo comprendan la neurodivergencia, sino que también apliquen una perspectiva de género y estén informados sobre el trauma?
Desde mi formación y práctica, considero que un acompañamiento terapéutico adecuado para mujeres con Condición del Espectro Autista (CEA) y/o doble excepcionalidad (2e) debe ser mucho más que una aplicación de técnicas: requiere una mirada integradora, situada y compasiva, que articule la comprensión de la neurodivergencia, la perspectiva de género y la sensibilidad al trauma como ejes centrales.
Mi recorrido clínico incluye me ha permitido comprender que no existe una sola vía de intervención, sino que cada proceso requiere ser co-construido desde la singularidad de quien consulta, especialmente cuando hay historias de masking, trauma complejo o camuflaje sostenido.
Para mujeres con CEA y/o 2e, es crucial que el abordaje contemple:
Un encuadre afirmativo de la neurodivergencia, que no busque corregir conductas para hacerlas encajar, sino validar formas diversas de sentir, procesar e interactuar. Esto implica trabajar con los patrones de energía, sensibilidad sensorial y modos de comunicación propios, sin forzar la “normalización”.
Intervenciones informadas en trauma relacional y sistémico, considerando que muchas mujeres autistas han vivido invalidación crónica, violencia de género, medicalización excesiva o relaciones de poder encubiertas.
Un posicionamiento explícito con perspectiva de género, que reconozca cómo operan las normas sociales sobre los cuerpos feminizados: la exigencia de agradar, cuidar, disimular, sostener. Sin esto, es muy fácil que el abordaje clínico refuerce el masking o reproduzca mandatos dañinos disfrazados de “habilidades sociales”.
La inclusión de herramientas metacognitivas y contextuales, como las que ofrece ACT o DBT, que permiten explorar la experiencia interna sin juicio, construir agencia y sostener decisiones en función de valores propios —no de expectativas externas.
Una articulación constante con la evaluación neuropsicológica y el análisis funcional, no como forma de etiquetar, sino de comprender patrones, puntos de quiebre, modos de procesamiento y rutas posibles de intervención que estén alineadas con las capacidades reales y no con las demandas normativas.Un abordaje terapéutico ético y eficaz en estos casos no busca que la persona se adapte al mundo a cualquier costo, sino que construya formas más habitables de estar en él, conociendo sus límites, reconociendo sus recursos y reclamando apoyos legítimos.
En síntesis, trabajar con mujeres con CEA y 2e exige que les profesionales rompamos con intervenciones prescriptivas y unilaterales, y nos dispongamos a sostener procesos que son a la vez identitarios, clínicos y profundamente políticos.
Para aquellas mujeres que nos leen y sienten que "algo no cuadra" o que sus vivencias no encajan con la norma, pero no tienen un diagnóstico, ¿qué primeros pasos o reflexiones les sugerirías? ¿Cómo pueden empezar a buscar respuestas o apoyo de una manera segura y validante?
Primero: crean en ustedes. No en la perfección, ni en la claridad inmediata, ni en la certeza constante. Crean en lo que el cuerpo sabe, en lo que algo en ustedes intuye, incluso cuando aún no tiene nombre. Si hay algo que hace ruido —una incomodidad persistente, una sensación de estar actuando más que habitando, una fatiga que no se explica solo por el hacer— entonces ya hay algo que merece ser escuchado.
Los diagnósticos no son etiquetas: son respuestas. No definen quiénes somos, pero pueden explicar por qué algo duele, por qué ciertas cosas costaron tanto, por qué algunas estrategias dejaron de alcanzarnos. A veces, ponerle nombre a lo vivido es un acto de validación y no de encasillamiento, una forma de decir: esto también tiene lugar en el mundo.
No siempre se trata de encontrar una categoría. A veces, se trata de reconocer que no encajar puede ser una forma legítima de estar en el mundo, y que ese desencaje no es un defecto personal, sino una pista. Una clave. Algo que pide espacio para ser comprendido sin vergüenza.
Preguntarse ¿qué me agota?, ¿qué partes de mí escondo para ser aceptada?, ¿qué me haría sentir segura en un vínculo, en un grupo, en un trabajo?, puede abrir puertas más potentes que cualquier test. Y si llega el momento de buscar acompañamiento, que sea con alguien que no solo sepa de neurodivergencia, sino que sepa mirar sin reducir, preguntar sin invadir y escuchar sin moldear.
Porque a veces lo primero que se necesita no es una respuesta cerrada, sino un lugar donde hacer la pregunta sin miedo a ser desmentida.
Y eso, aunque parezca pequeño, puede ser el inicio de una narrativa nueva, tejida con ternura, conocimiento y derecho a existir tal como una es.
No estás sola, somos una gran comunidad. Nos vemos en ella. Carolina
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Corazón, que hermoso leer esta entrevista. Me resonó muchísimo no solo en lo personal sino también en lo laboral. Me encanta todo lo que incluís en el artículo. La importancia de reafirmar que el diagnóstico ofrece respuestas es súper poderoso. Artículos como este corazón, ayudan a entender que la neurodiversidad es necesaria y que toda inteligencia debe de ser valorada y respetada ya que todos aportamos a que este mundo sea mejor. También ofrece un rayo de luz a muchas personas que al igual que tu nos identificamos con toda la información que compartís. Gracias, gracias, gracias ❤️
Hermosa mía! Que decirte! Orgullosa estoy de todo lo que vas descubriendo y me pone más feliz aún saber que, aunque el camino no es fácil, no solo encuetras como transitarlo sino que también compartes las herramientas que te ayudan para ayudar a otros. Leer la entrevista no solo ayuda a quién está pasando por ese sin fin de sentimientos y que aún no ha logrado o va en camino a entenderlo, sino también a las personas que las rodean. Desde mi lugar estoy en constante convivencia con niñ@s que aún no hayan su lugar y está en nosotor ayudarlos a entenderse y encontrarse para que sean mujeres y hombres con herramientas para no necesitar encajar. Sabés que siempre contá…
Querida Lucía, me encanta este proyecto que inicias para visibilizar, reflexionar y reconocer con respeto, auto afirmación y perspectiva de género las neurodivergencias. Hace mucha falta ponerle luz, develar las sombras que existen frente a las múltiples y diversas formas de ser y estar en este mundo, especialmente para las niñas, mujeres y personas no binarias. Gracias por esta primera entrevista, muy esperanzadora de que desde la psicología integral se pueden hacer las cosas diferentes. Cuenta conmigo en este enorme desafío que agrega tanto valor al mundo.
Dónde yo vivo La costa atlantica, hay tanto desconocimiento del mismo que solo diagnostican con la palabra tenes Depresión , ansiedad y medicamentos. Pero en cada punto de esta entrevista me sentí identificada. Necesitamos ampliar el conocimiento dónde vivo para que mujeres , niñxs como yo podamos darnos identidad a lo que atravesamos como algo notorio por nuestra vida en si, que se nos sea más fácil sobrellevar lo vivido y lo que podemos llegar vivir sabiendo lo que nos acompaña . Nunca pude completar una carrera por física , química , matemáticas . Me abrume siempre, nunca pude mantener una vida social, atravesé cosas que jamás pensé . Hoy con terapias arribas y la madurez que me tocó atravesar…