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Cuando el Miedo Susurra, mi Luz Divergente Responde: "Es Por Ahí"

Actualizado: 14 ago 2025

Hay una frase que se ha convertido en una especie de mantra personal, una brújula interna que me guía cuando la niebla de la incertidumbre amenaza con desorientarme: "Si está en tu mente es porque es posible, si te da miedo es porque tienes que hacerlo." Y vaya si resonó con fuerza hace poco, en mi travesía por el II Foro Iberoamericano de Turismo Sostenible, Inclusivo y Justo.


Mi camino hacia este foro tuvo sus giros. Ya estaba colaborando con la organización del evento en el desarrollo y mantenimiento del sitio web de inscripciones, una tarea que me resultaba familiar. Sin embargo, una vez confirmada mi participación presencial en Colombia, el guión dio un vuelco inesperado: me encontré con invitaciones formales para ser panelista y para sumarme a la mesa de trabajo a puertas cerradas, donde se tejen estrategias con representantes de los tres sectores de la industria en Iberoamérica. De repente, la luz del reflector se intensificaba, la responsabilidad se sentía más aguda.


El turismo, aunque un universo fascinante y con un potencial de impacto que me moviliza profundamente, no es el campo donde suelo jugar de local como "experta". Y ahí estaba él, ese viejo conocido: el cosquilleo del miedo, la duda sutil que pregunta si realmente tengo un lugar en esa mesa, si mi voz encontrará eco.


Para mí, como mujer neurodivergente, cada nuevo escenario es una invitación a una danza particular. Es la danza de la adaptación constante, de traducir mi forma singular de procesar el mundo –esa que me permite ver conexiones donde otros ven fragmentos y patrones donde reina el aparente caos– a un lenguaje que construya puentes. No lo vivo como una limitación, sino como la esencia de mi "sistema operativo", el motor de mi "Luz Divergente". Pero ese esfuerzo por sintonizar mi frecuencia interna con la del entorno, por "ser parte" de una manera auténtica y significativa, es un trabajo que nunca cesa.


Mi primer instinto, quizás un eco de esas estructuras más formales que a veces nos moldean, fue sumergirme en un denso informe de 30 páginas sobre el turismo en Iberoamérica. Necesitaba entender el mapa, descifrar los códigos. Pero en medio de esa inmersión, una voz más profunda me recordó algo esencial: mi verdadero aporte no nacería de convertirme en una erudita turística de la noche a la mañana. Residiría, como siempre, en lo que ya soy, en la experiencia cincelada a golpe de resolver problemas reales, con la pasión como combustible y las manos en la tierra. Decidí, entonces, confiar en esa "Alquimista Digital" que me habita, esa que sabe escuchar los "dolores" para transmutarlos en soluciones, esa que aprendió en la cancha y no solo en los libros.


Y así, con esa convicción como escudo, me senté en esas mesas de alto nivel. No recité manuales de turismo. Compartí, desde el corazón de mi experiencia, cómo se había logrado en Bolivia tejer un ecosistema emprendedor más fuerte y colaborativo: la magia de las mesas ágiles de trabajo donde todas las voces suman, la importancia crítica de construir un lenguaje común para entendernos de verdad, la potencia de co-crear programas que entierren la competencia estéril y hagan florecer la colaboración. Les hablé de la urgencia de digitalizar, sí, pero con un acompañamiento cercano y humano, para que la tecnología sea aliada y no una nueva barrera, especialmente para los más pequeños. Les conté cómo diseñamos programas de capacitación que cabían en la palma de la mano, accesibles desde un celular, y cómo los incentivamos con premios en especies que eran oxígeno puro para seguir creciendo. Les propuse, con humildad pero con firmeza, que esa misma filosofía –colaborativa, ágil, accesible, profundamente humana– era la que podía insuflar nueva vida al turismo, hacerlo más comunitario, más sostenible, más justo.


No necesité ser una experta en turismo para conectar con la esencia de lo que se buscaba. Mi pasión por resolver problemas, por empoderar a otros, fue mi verdadero pasaporte. Traje a la conversación la energía de proyectos como "Desarrollando", donde encendimos la chispa de la programación en adolescentes de entornos vulnerables, o "Impactón", esa aventura que abrió las puertas de la pre-incubación a más de 500 jóvenes bolivianos ávidos de transformar su realidad. Porque estoy convencida de que el talento es como el agua, siempre encuentra una grieta por donde brotar si le damos la oportunidad. Y no, no vivo con FOMO (Fear Of Missing Out) por no perseguir cada nueva tendencia brillante; hay tanto por sanar y construir en los cimientos –tantas empresas que aún navegan en océanos de papel– que mi brújula apunta con firmeza hacia el impacto real y tangible.


Estar allí, en ese foro, no fue solo una participación profesional. Fue un acto de profunda resiliencia personal, un ejercicio de valentía consciente. La resiliencia de tomar mi bagaje, mi forma de ser y hacer, y encontrarle un sentido y una aplicación en un contexto que me desafiaba. La valentía de alzar mi voz, auténtica y sin adornos, sabiendo que mi perspectiva, aunque distinta, tenía valor. Porque el miedo, seamos honestos, siempre está ahí. Es ese susurro persistente que intenta encogernos. Pero he aprendido, a fuerza de vivir, que el miedo no es un semáforo en rojo, sino una flecha que indica la dirección. "Si está en tu mente es porque es posible, si te da miedo es porque tienes que hacerlo."


Este viaje de adaptación, de pulir mis aristas para encajar sin dejar de ser yo, de buscar incansablemente "ser parte" y agregar valor desde mi Luz Divergente, es la constante de mi vida. No hay un puerto final donde una ancla y dice "ya está, lo logré, ya no hay más que ajustar". La sensación de estar a veces "lejos", de no encajar del todo en el molde, es parte del equipaje. Pero es precisamente en esa tensión, en ese esfuerzo continuo, donde reside la oportunidad de crecer, de innovar, de conectar de formas inesperadas.


Y cada vez que ese miedo me roza el alma, cada vez que una tarea parece demasiado grande o un escenario demasiado imponente, vuelvo a mi mantra. Y respiro. Y avanzo. Porque sé, con una certeza que nace de la experiencia, que al otro lado del miedo no solo está el crecimiento personal, sino la posibilidad real de encender una pequeña luz para otros, de inspirar a alguien más a abrazar su propia singularidad y a atreverse a compartir su brillo único con el mundo.





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